Jarrapellejos by Felipe Trigo — Read

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Otra boda de rumbo aristocrático, cuyos grandes preparativos traían preocupadas y absortas a las gentes, era la del conde. La casa de doña Antonia veíase convertida en centro de reunión de las muchachas. Ernesta no salía, atareada dirigiendo las costureras, bordadoras y encajeras, que llenábanla de ropa blanca los armarios. Aparte la recibida del Louvre, de París, y de los trajes encargados a Paquin, tres de regio fausto, y once al madrileño Córdoba, modelos de La femme chic servíanla para ir confeccionando verdaderos prodigios de sábanas, cuadrantes, stores, misteriosas, manteles, servilletas, servilletitas para dulce, para té, para champaña. «¡Qué barbaridad! ¡Y que no olvida la corona! -comentaban las amigas. ¿A santo de qué necesita tanto la criatura?» Surtida el conde de estas cosas de servicio general por los ajuares de sus tres esposas difuntas, sólo explicaríase la esplendidez de Ernesta (que, acompañada de tita Antonia, y recibida por la madre de Saturnino, había inspeccionado una mañana su futura residencia) porque no le gustase nada de las otras o porque quisiera echar el resto en trapos, ya que no aportaba capital al matrimonio. Volvíala loca el condesado. No veía nada en aquellos excelentes figurines que no se la antojase. Un día, las cajas de París, entre sombreros, corsés y medias por docenas, trajéronla unos extraños gorros y bastones. Otro día, las cajas de Londres trajéronla un raro vestido de falda corta. Las amigas, que ignoraban el uso de esto, así como el de muchas de las confecciones que, bajo la personalísima inspiración de Ernesta, iban floreciendo con sus sedas y matices delicados, alegrábanse, al objeto de informarse, de que la ingenua Jacoba Marín la interrogara. «Un saut de lit, mujer.» «Un pase de table.» «Un traje de lawn-tennis.» «Un alpenstok». «Un plaid y un pasamontañas.» «Bueno, ¿pero para qué?» «Para al levantarse.» «Para la mesa, corrido encima del mantel.» «Para apoyarse y abrigarse en las montañas, por la nieve.» «Para.» «¡El colmo! Nieve aquí, con un sol de justicia, y pensar en jugar a la pelota como un chico.» «¡No, niña: nieve, en los Alpes, cuando viaje!», aclaraba Ernesta. Y Orencia, en nombre de las demás, dándoselas de avisada, aclarábala también: «¡Sí, tonta, hija, la pelota, el lawn-tennis.; pareces simple!.» Proyectaban una sociedad de tennis, que las distrajese en el invierno.

Y a la verdad, si tales lujos fuesen un derroche innecesario, según el propio conde, sonriendo, en sus discretas y breves visitas de las doce, le indicaba a la novia alguna vez, había que conceder, al menos, que Ernesta superaba en elegancia y distinción a las tres condesas anteriores, y a cuanto nadie pudiese haber soñado nunca en La Joya. Oíanla las joyenses señoritas; miraban y remiraban cada nuevo encanto de encajes y de cintas cada tarde, y sentadas en la honda sala convertida en taller, con luces al jardín, charlaban al mismo tiempo que aprendían. Incluso las más envidiosas y rebeldes se habían rendido a la íntima evidencia de que era Ernesta una excelsa profesora del buen tono, del buen gusto; y, en tal sentido, siquiera, digna como nadie de la condal corona que tanto prodigaba. La iban imitando, poco a poco. Aunque a la reunión de curiosas los muchachos no asistían, dos, Cleofé y Gilito Antón, eran admitidos con sus novias; y así, junto a aquél, la simpática Eduvigis Porras, que antes cuidaba siempre de reír detrás del abanico por no mostrar el sarro de los dientes de abajo, a pleno descuido reíase ahora, luciéndolos tan limpios; así también en otro rincón, amartelada con el primo, guapísimo en la elegancia azul de un uniforme de cadete, Purita Salvador, que tiempos atrás solía avergonzarse de las manos, podía, despreocupada, cruzárselas de dorso sobre el vientre, para lucir lo repulido de las uñas, de paso que disimulaba la enorme hidropesía todo lo posible. La enfermedad no la amenguaba el buen humor y la alegría de ir con el novio al cine, a los paseos a las reuniones.

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