Jarrapellejos by Felipe Trigo — Read

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Entre Octavio (desde París) y Cidoncha, cruzáronse esta vez cartas; pero interesantes. El inflexible profesor, no por la libertad de Roque obligado con don Pedro a servilismos, había ido hablándole al viajero de la Sociedad Cooperativa, que ya antes de separarse dejaron planeada legalmente constituida, al fin, aumentaba poco a poco sus adeptos. Octavio, menos deslumbrado «por la gran vida», contábale al amigo que vivía con Henriette, que juntos visitaban los centros obreros, de los cuales enviaba reglamentos y estatutos, Y que la deliciosa poupée parisina quería seguirle a España, a todo trance, y convertirse también en una especie de gentil propagandista. «¡No, no! ¡Ya comprenderás!. sería bonito, pero imposible en La Joya. Si la llevo, te avisaré para que vayas a la estación y me ayudes a esconderla, a acompañarla a cualquier campo, en tanto yo le busque discreto y cómodo hospedaje». Cidoncha sonreíase de estas frivolidades, mezcladas a lo transcendental de tan ingenuo modo, y sin hacerlas caso, contento de ellas, nada más, porque así Octavio veríase libre de su antigua obsesión (absorbente, aunque nunca confesada) de Ernesta, insistía en lo que a los dos debía importarles: la Sociedad Cooperativa.; el principio de la redención de miserias de este pueblo infinitamente desdichado. Venciendo la tenacidad del reparoso, recabó y logró su firma, siquiera para la gubernativa aprobación del reglamento; y gracias a ello fue posible, por una parte, guardarse contra caciquiles tropelías, que habrían tenido que envolver a Octavio, y el ingreso desde luego, por otra, de los muchos indecisos que únicamente cedieron en su pánico a aquella rebeldía «contra los señores», al saberse por uno acompañados.

La última carta del parisién contenía únicamente este aviso: «Salgo mañana. Llevo a Henriette. Llegaremos, pues, en el expreso, el jueves, 23, al día siguiente en que tú recibas la presente. Ve a la estación.» Y por eso, Juan hoy 23, jueves, no muy feliz del encargo que irían a encomendarle (para cuya ejecución se había hecho acompañar por el conserje del Liceo), aunque contento de poder conferenciar con Octavio sin pérdida de instante acerca de cosas urgentísimas, se encontraba en la estación de Las Gargalias, a nueve leguas de La Joya. Grata su sorpresa, al bajar Octavio sólo del sleeping. «No, no; no viene. Era un disparate. Desistimos.» Mejor. Juan le alejó del brazo, mientras el conserje descargaba las maletas. Le informó de la inminencia de la elección de concejales, de la reunión convocada para esta misma tarde en el Liceo, y de la necesidad., de la absoluta e imprescindible necesidad de que él concurriese a ella y aceptase la presidencia honoraria de la Cooperativa. «Pero, hombre, ¡déjame a mí entre bastidores!, ¡qué más da!»

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