Explore "Jarrapellejos" by Felipe Trigo on Textopian. Read with annotations and highlights.
El Curdin, constituido esta noche en la taberna-oficina del Gato, estuvo hasta la una animadísimo. Mucho vino y aguardiente («¡No abuses, burro!», hubo de advertirle con frecuencia Exoristo a Saturnino), chorizo picante de macho y juerga y rasgueado de guitarreo, aunque faltaron las dos niñas nuevas de casa de la Pelos, cordobesas, que el Gato prometió. Con sus zapatillas, y a última hora procedente paternal y silencioso del casino, don Macario Lanzagorta había saboreado su séptimo café del día y su copita de cazalla. Recién vuelto de Sobrón, habló de haber leído las cuatro líneas en que El Imparcial resumió toda la telegráfica información del viaje del ministro; y, luego, a propósito del viaje y de la evocación del balneario, charló de Dato, de la Pardo Bazán y del Bombita, sus ilustres amistades veraniegas. Esto había interrumpido el cante y la guitarra, echando un poco de gravedad sobre los juerguistas fatigados; y como por excepción, en clase de neófito, hallábase en la zambra Manolito, el joven Manolito Alba, de ojos de ciruela, don Macario, íntimo del padre, hubo de aprovechar la oportunidad para darle unos consejos: «Sí, hombre, ¿no ves tú?. Dato, la Pardo, el Bomba., célebres y cada uno rico por su estilo., ¿por qué no estudias, tratando de imitarlos? Lo esencial es trabajar, que tiempo tendrás de divertirte». «¡Aer! -habíale replicado con su dulce resistencia el joven. ¡Si yo lo comprendo, don Macario, que debo estudiar, que soy un tuno, porque no me ha educado bien mi padre; pero, ¡aer!. estudiaré, ¡bah, si estudiaré!, cuando me ponga». Razonador, a más de dulce, el hombre aportaba en defensa de su particular gandulería singulares argumentos. Él ¡aer! era un degenerado, quizás. En una revista había leído que los signos de la degeneración constituíanlos la palidez, las ojeras, el cráneo un poco asimétrico y las orejas grandes, despegadas, transparentes. «Todo eso lo tengo., ¡mire!, ¡mire, don Macario!. y digo yo que uno no estudia por eso». Admirable. Lo decía convencidísimo, y celebraron su frescura.
-¡Arsa, tómate otra caña! -le había brindado el Garañón.