Jarrapellejos by Felipe Trigo — Read

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Nada en La Joya había removido nunca tanto la emoción. Inútilmente se evocaban los más trágicos sucesos de seis o siete años a la fecha. Ni la violación y muerte de la mudita de once años, vendedora de merengues; ni el guardia civil desollado en el lagar de Jarrapellejos aquella Nochebuena; ni el recaudador matado a garrotazo limpio en plena plaza y en plena tarde del Señor; ni el descuartizamiento de Rosa la Manteca por su amante, el maestro albardonero; ni el asesinato de la familia entera del molino por un chico, al estilo de París. Y si la mayor parte de éstas y otras cosas había quedado impune, así, alentando los instintos de asesinos y borrachos, ahora la indignación del pueblo pedía escarmiento duro y ejemplar para los ignotos desalmados.

Tres días transcurridos y aún, como el primero, seguía la multitud yendo detrás del juez, del escribano, del capitán y los civiles a contemplar la ermita, en tanto aquéllos, dentro horas y horas, escribían e investigaban. Según del misterio de tales actuaciones se iban trasluciendo pormenores, inspiraba el ferocísimo crimen más horror. Las huellas de sangre y barro en la tapia del arroyo; el pañuelo sucio encontrado en el jardín; las macetas destrozadas; la puerta del dormitorio de Isabel arrancada de los goznes; los muebles y espejos hechos añicos, y sobre todo los cadáveres de la madre y de la hija, de las mártires, cuya virtud se recordaba con lágrimas del corazón y de los ojos, ambas en camisa, sorprendidas en el sueño, una sobre un lago de sangre entre el lecho y la mesita, con cinco puñaladas en el pecho, en el vientre, casi segada la cabeza.; otra, en su cama, de través, colgando el pelo y la cabeza, al aire el hermoso cuerpo, lleno de arañazos, heridos los pies por vidrios, hundidos hasta el hueso; la cara negra, la lengua fuera, ensangrentada, y como santo escapulario en la garganta un medalloncillo, en que tenía a la Virgen del Carmen y al novio, que no la pudieron amparar. ¡Pobre Cidoncha, cuando a la siguiente mañana acudió de los primeros, y tuvieron que sacarlo accidentado! ¡Pobre Roque, a su precipitado regreso de Trujillo! ¡Pobres mujeres!.

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