Cuentos de invierno by Ignacio Manuel Altamirano

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Maldita la cosa que me importaba a mí el tal Luisito, tanto más, cuanto que había visto que la protección del eclesiástico no me había servido de nada, pero me proponía, sin embargo, cumplir lo ofrecido, siquiera para aprovechar la oportunidad de proteger al débil. Era la primera ocasión que se me presentaba de prestar mi apoyo contra la indolencia característica de los colegiales, y en defensa de una criatura enclenque.

Al siguiente día me desperté con cierta curiosidad. Los colegiales estaban llegando de vacaciones, y hacían meter en sus cuartos respectivos la clásica cama de madera pintada de verde, el baúl forrado de cuero peludo, la cómoda llena de raspaduras, el colchón sucio y enrollado, la sombrerera de cuero, y otras zarandajas que formaban su pobre menaje. Los recién llegados saludaban con efusión a los que les habían precedido, y se contaban mutuamente sus aventuras de vacaciones. Esta vuelta de las vacaciones es uno de los recuerdos más risueños del que ha sido estudiante, y pocos hay que no sientan conmoverse aún su empedernido corazón al volver los ojos al pasado y recordar aquellos días de enero en que se esperaba con impaciencia la llegada de los hermanos de colegio, hermanos quizá más queridos que los hermanos de sangre. Colocábanse generalmente los colegiales en el patio, para ver entrar a los amigos y a los nuevos. Los cargadores, que eran los primeros en entrar con el susodicho equipaje, hacían palpitar de curiosidad a los que esperaban. A poco llegaba el amigo riendo estrepitosamente, gritando por sus nombres y apodos a sus amigos y abrazándolos de una manera ruda. Todo era risotada, tumulto y barahúnda a cada entrada de estudiante.

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