Explore "De tal palo, tal astilla" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente de Águeda mientras fue desde su casa a la de don Sotero. Había en él sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo en qué fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado de aturdimiento entró en el viejo caserón y llegó, conducida por el atento y comedido mayordomo, a la alcoba en que la hallamos encerrada cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado más atrás.
Agarrada con ansia a su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba a las dos huérfanas, como si fuera amo y señor de ellas y no su servidor asalariado. Jurara la pobre niña, cuando llegó al estragal y fue subiendo la derrengada escalera, y atravesó el tortuoso y oscuro pasadizo, y luego el desamparado salón, y por último, se vio encerrada en la alcoba, que todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más de una vez le había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de lamparones, con los techos negros ahumados y cubiertos de telarañas, en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándola con ojos de basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la polilla, inundados de ratones, que corrían por todas partes sin hacer ruido; cuartos entreabiertos y oscuros como la noche; desvanes sin fin atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba, figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y por último, allá en el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre, como don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña, que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones., hasta que el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad delante de los ojos; ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no mudo, silencioso y a lo lejos, como en la pesadilla, sino a media vara de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.