De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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No podía darse hombre más insignificante, en la apariencia, que don Plácido Quincevillas. No había en toda su persona un solo rasgo digno de llamar la atención de nadie. Pertenecía al grupo innumerable de esos individuos con los cuales se codea uno toda la vida en la calle y en los paseos públicos, que nunca van a la moda, se asemejan a todo el mundo, y a quienes jamás llegamos a conocer, por no tomarnos la molestia de preguntar cómo se llaman. Ni en verano se aligeran de ropa, ni en invierno se abrigan con exceso. Parece que nunca cambian de traje, y siempre le tienen en buen uso; andan sin apresurarse, y pisan sin hacer ruido con los pies; nadie los ha conocido jóvenes, ni alcanza, por mucho que viva, a verlos enteramente viejos; siempre han sido y nunca dejan de ser señores formales; tienen bastante buena conversación, pero jamás hablan de cosa que valga dos cominos; son frugales en la comida, gozan de buena salud. y algunos de buena renta, cuyas tres cuartas partes ahorran, no por codicia, sino por falta de necesidades., y pare usted de contar. De estos últimos era don Plácido. Y es todo cuanto tengo que decir de su carácter y figura. En cuanto a sus aficiones y entretenimientos, ya sabemos por don Lesmes que estaban reducidos a la cría de las gallinas y estudiar sin descanso el modo de obtenerlas de muchos colores.

Con lo que le dijo Macabeo en Treshigares y andando el camino de Treshigares a Valdecines, y lo que sabía por la carta de Águeda, y lo que le refirió ésta tan pronto como se vio en su casa después de salir de la de don Sotero, en la cual ocasión también le hizo enterarse detenidamente de las consabidas cláusulas testamentarias, llegó a conocer al buen ex procurador tan a fondo como le conocemos el lector y yo; tanto, que en un arrebato de indignación de que se vio poseído al referirle su sobrina los pormenores del secuestro, sin ocultarle el gran conflicto de su alma, arrebato que le llenó de asombro porque jamás se había indignado sino contra la desgracia, que le hacía perder algunas veces las echaduras de mejores esperanzas, se creyó capaz de hacer una hombrada con don Sotero en cuanto le viera al alcance de su mano.

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