De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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Desde que don Sotero vio la obra de Bastián destruida por la inesperada venida de don Plácido a Valdecines, juzgó en descenso su fortuna. Alentábale, sin embargo, la esperanza que ponía en el carácter estrafalario, bonachón y docilote del solterón de Treshigares; pero cuando habló con él y le vio tan firme y resuelto, comprendió que principiaba el fin de sus iniquidades y, lo que era más grave para él, que había quedado preso en la red tendida al caudal de los Rubárcenas. Ni sus atrevimientos hasta allí tenían fácil disculpa, ni el sesgo que tomaban las cosas se prestaba a imponerlos como ley por la fuerza de otros mayores. Meditó seriamente sobre el caso, y le vio muy negro por todas partes. Su mayor aspiración no podía exceder ya de que se le perdonara lo pasado. En cuanto a su intervención en casa de los Rubárcenas, no ya como tutor y curador de las huérfanas, pero ni siquiera como administrador de sus bienes, era una insensatez no darla por concluida. De manera que no solamente tenía que renunciar a la posesión de aquel caudal, con tanta maña perseguido, sino también a lo que de él pudiera pegársele a fuerza de manosearle. Era la primera vez que se le escapaba de entre las uñas una presa señalada con sus ojos. Le costó mucho trabajo resignarse a verlo así; pero la necesidad le obligó a ello.

La mejor jugada de toda su vida había estado a punto de hacerla en la vejez, y aquella jugada la perdió al cabo. Probado está que a esa edad es cuando más estragos causan las grandes pesadumbres y las agudas enfermedades. No se asombre, pues, el lector si le digo que en menos de veinticuatro horas se abatió la entereza de don Sotero, como áspero y bravío roble herido por el hacha en sus raíces, quédase aún enhiesto, pero hasta las brisas le bambolean, y el primer viento le derriba.

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