El sabor de la tierruca by José María de Pereda

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Pedro Mortera y Juan de Prezanes, vástagos de las dos familias más ricas y antiguas de Cumbrales, ligadas siempre por amistoso vínculo, ¡caso raro en este país de quisquillas y reconcomios! Juan de Prezanes, repito, y Pedro Mortera, eran inseparables camaradas. Pero Juan era suspicaz, impetuoso y avinagrado de genio, y Pedro cachazudo y reflexivo. Éste, en sus juegos infantiles, gustaba de lo seguro y fuerte; aquél de lo más fácil, siempre que fuera nuevo, breve y vario: el uno era muy inclinado á los trabajos rústicos y á los esparcimientos campestres; el otro á fisgonear murmuraciones y á comentar dichos de las gentes: Pedro era todo observación y método; Juan sentimiento, nervios y palabra. Sólo se parecían ambos muchachos en la bondad del corazón y en estar siempre dispuestos á dar la pelleja el uno por el otro; así es que jamás hubo avenio entre ellos en cuestiones de gusto, y se pasaron lo mejor de la infancia refunfuñando, cuando no á la greña, pero queriéndose mucho.

Juntos fueron después á estudiar á la ciudad; juntos vivieron en ella, y al mismo estudio se dedicaron. Pedro se cansó de los libros á los dos años, y se volvió á su pueblo. Juan continuó los estudios, y fué á la Universidad y llegó á ser abogado. Pedro, en Cumbrales, se consagró á la labranza con verdadera afición, y mejoró mucho la hacienda que, ya mozo, heredó de su padre. Juan, huérfano también poco después de volver de la Universidad, y sin las aficiones de su amigo, puso en renta las tierras que cultivaba su padre, y en aparcería los ganados que halló en las cuadras (parte mínima de los bienes que heredó), y abrió en Cumbrales su estudio, por no aburrirse.

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