Explore "El sabor de la tierruca" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Con la secura, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de octubre no quedaba una caña de alubias sin pelar en las heredades, y las panojas, bien granadas y bien secas, iban á desprenderse ellas solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para dejarlas expuestas á la voracidad de los cuervos, ó á los riesgos del temporal que podía presentarse á la hora menos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas, el pan de todo el año!
Aún no había espirado el mes, cuando comenzaron á invadir la vega, por todas sus portillas, carros con altos adrales; y cada familia en su heredad, pela aquí, pela allí; panojas al garrote y garrotados de panojas á los carros; de vez en cuando, sube que sube los adrales, según iban llenándose las teleras; después, los calabazos encima de las panojas y en el payuelo de la pértiga, y hala para casa, á campo travieso, primero, tirando los bueyes dentelladas furtivas al retoño ajeno; y después, por la cambera, canta que canta el eje, untado con tocino; y ya en el portal el carro, allá va la carga de panojas arrastrada con las trentes sobre los garrotes, tan pronto llenos como subidos al desván, al hombro del mocetón ó sobre la cabeza de su hermana: en una pila el maíz, y aparte los calabazos; de éstos, los duros y berrugones á un lado, para la olla; y á otro, los blandos y aguachones, para los cerdos.