Explore "El sabor de la tierruca" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno cada semana) son los del maíz nuevo. En ese tiempo no hay pobres en el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza á proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita. Al calorcillo de esta animación, hormiguean los tratantes y las mercancías de mil especies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.
En Cumbrales no abundan las distracciones para personas de la condición social de Ana y María; por lo cual aprovechaban éstas la del mercado, muy á menudo, especialmente en otoño. Y no se crea que iban á la villa entonces con el único fin de recrearse: llevaban los bolsillos bien repletos, amén de una interminable lista de cosas, en un papel ó en la memoria; en la cual lista había de todo, desde el manojo de chiribías, hasta la vara de raso; desde la palangana de loza, hasta la resmilla de papel de cartas; desde la madeja de seda para bordar, hasta el bombasí para un refajo; desde la libra y media de queso pasiego, y el molinillo del chocolate, y el paquete de azucarillos, y las zapatillas de alfombra, y las tres libras de arroz, y la cerraja para el armario, y el vidrio para el cuarterón de tal ventana, etc., etc., hasta el lienzo para los calzoncillos de don Juan ó de don Pedro, ó el tartán para el vestido de invierno de doña Teresa. Para conducir este revoltijo de especies inconexas, acompañaban á las jóvenes sus respectivas fámulas de mayor empuje, con sendas cestas de mimbre pelado, de dos asas, á la cabeza, sobre el rueño de colores, bien guarnecido de picos pespunteados. Las leyes del bien parecer no exigían otro acompañamiento que éste á dos señoritas que iban al mercado; pero, á mayor abundamiento, Ana y María solían llevar el amparo de doña Teresa, ó el de don Pedro, ó el de don Juan, y vez hubo de ir los tres juntos; pero una, nada más. Y vamos al caso.