Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Madrugó mucho don Gonzalo, como quien no ha pegado los ojos en toda la noche; afeitóse con gran esmero; fregó y pulimentóse el pellejo, hasta sacarle lustre, y preparó las ropas más apreciadas entre cuantas guardaba en sus baúles; toda esta faena, acompañada de trémulos suspiros, palpitaciones de corazón e incesantes, lánguidas y voluptuosas miradas al espejo. Después, como aún no era, hora de realizar sus meditados planes, entretúvose en ensayar reverencias, sonrisas y posturas; ya blandas y rendidas, ya nobles y resueltas, ya llanas y familiares; hizo entradas y salidas, ora pasando al gabinete desde la sala, ora tornando a la sala desde el gabinete; imaginóse diálogos y discursos, metáforas expresivas, réplicas ingeniosas, todo género, en fin, de artificios y travesuras de lenguaje, y de todo quedó satisfecho y complacido. Almorzó luégo de prisa y sin apetito; vistióse despacio; empapó en esencias varias su pañuelo de bolsillo, sus guantes azules y hasta los faldones de la levita; y al marcar las once su reló, puso el sombrero blandamente sobre sus rizos escarolados, tomó el manatí, volvió a mirarse al espejo, suspiró virando los ojos al mismo tiempo, y se lanzó a la calle con aquel hechicero contoneo que era su orgullo, por ser, en su creencia, la fuerza de su elegancia. Así llegó a casa de Magdalena. Halló a Narda en el portal, y por ella anunció a don Román que deseaba hablarle con mucha urgencia.
Momentos después, don Gonzalo se descoyuntaba a reverencias en el salón que conocemos, delante del comedido Pérez de la Llosía, y se sentaban ambos en el sofá, debajo de la Purísima-, grave e impasible el uno; conmovido, inquieto y desatinado el otro.