Gonzalo González de la Gonzalera

Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.

Aunque el lector se lo habrá figurado ya, créome en el deber de decirle que la prisión de don Román y el conato de secuestro de su hija, fueron acuerdos tomados por don Gonzalo y Lucas en su entrevista en el «salón de conferencias» del club, unas noches antes.

El soberbio cacique quería, a todo trance, impedir el casamiento de Magdalena; y el maligno cojo, que todo lo convertía en substancia, propuso lo que ya sabemos por los hechos referidos, con el doble fin de servir a su amigo y quitar del pueblo un constante peligro para el desarrollo de los intereses revolucionarios. Sabía que Osmunda odiaba a Magdalena, aunque jamás se cansó en averiguar la causa, y no halló mejor carcelero que su hermana para guardar a la hija de don Román. El proyecto pareció de perlas al flamante reyezuelo, sobre todo en lo de tener a Magdalena bajo su inmediata vigilancia, como la tendría en la Casona. Aquella misma noche firmó y selló una comunicación para la primera autoridad de la provincia, remitiéndole a don Román, «como persona reaccionaria e influyente, que sin cesar conspiraba contra la nueva legalidad». Aceptó Patricio de muy buena gana el encargo que se le confió; proveyósele de la orden que conocemos; eligió, de propio intento, a Carpio para formar parte del piquete, y se decidió que se diera el golpe al salir de misa el reo, para mayor solemnidad. En cuanto a Magdalena, se contaba con separarla de su padre en aquel instante mismo; pero súpose que había ido a oír misa con Narda a Pontonucos, y se encargaron Lucas y Gildo de apoderarse de ella en el camino. Siguiéronla desde la iglesia, al salir de misa; y cuando iba a entrar en el término de Coteruco y se dirigía a su casa, se la acercaron advirtiéndola que tenían que comunicarle importantes noticias referentes a su padre, a quien asuntos graves habían alejado del pueblo. Sobrecogida y asustada la inocente joven, que sospechó algo funesto, diéronla por garantía de seguridad a don Lope a quien hallaría esperándola para informarla de todo; y así evitaron los miserables que la hija de don Román y Narda los siguieran sin acudir ellos a medios violentos, que, de otro modo, hubieran usado.

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