Explore "Nubes de estío" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Eran tres también, como las hijas de Elena; pero con la diferencia notabilísima de que ninguna de las tres de Sotillo era mala, dicho sea en honor de la verdad, si la condición de fisgonas, charlatanas, entremetidas y embusteras, no quita ni pone un ápice a la buena fama de las mujeres; porque si se conviene en que quita, hay que declarar forzosamente que las tres de Sotillo eran punto peores que la más mala de las tres de Elena. La mayor se llamaba Jovita; la mediana Salomé, y la pequeña Loreto. Jovita era viuda sin hijos; Salomé y Loreto, solteras, y las tres huérfanas de padre y madre desde bastantes años atrás. Jovita andaba más cerca de los cuarenta y cinco que de los cuarenta; pero estaba muy bien conservada: era morena, de abundosas carnes, cuello corto y pelo negro y un tanto rizoso, de buena estatura, cara vulgar y aire resuelto. Salomé picaría en los treinta y ocho: tiraba a rubia, era esbelta y muy bien redondeada de contornos. A cierta distancia, con su andar airoso y su flamear de trapos y de pelos, cautivaba la atención de los inadvertidos transeúntes. De cerca ya no sucedía lo mismo: tenía la boca grande, y los dientes ralos y amarillos; el cutis áspero, la nariz un poco torcida, y los ojos chiquitines; y en cuanto al pelo, aquel pelo que ondulaba siempre al compás de las pisadas o al capricho de la brisa, desgajado en copos encrespados de las alturas de la frente, había quien opinaba que no era suyo, es decir, que era crepé, muy bien imitado del natural, eso sí, pero, al fin, postizo. Loreto, con los treinta y tres muy corridos, no era morena, ni rubia, ni blanca, ni hermosa, ni fea, ni notable por prenda alguna de su persona. El verdadero valor plástico de las otras dos, se puso algunas veces en tela de juicio por los desocupados y murmuradores de ambos sexos. Sobre las prendas personales de Loreto, nadie porfió jamás. Siempre fue para todo el mundo «Loreto Sotillo,» o a lo sumo, «la menor de las de Sotillo;» y de aquí no pasaba el interés de las gentes.
Así era por fuera cada una de las tres hermanas; por dentro, todas ellas eran lo mismo: las tres charlatanas; las tres curiosas; las tres ponderativas hasta el embuste inverosímil; las tres serviciales, cariñosas y placenteras; las tres igualmente engreídas de su linaje, de su riqueza, y a cual más incansable en recordar, en visitas y tertulias, al bisabuelo virrey, al abuelo corregidor, al tío superintendente; las alhajas por celemines, «de mamá,» y los prestigios y rimbombes «de papá,» en las cinco partes del mundo; a este general famoso, a aquel senador renombrado, al duque de X. y al embajador Z. todos amigos íntimos, cuando no parientes cercanos de la familia. En cuanto a las dos solteras, ¡si las tres fueran a decir las proporciones que habían desdeñado!. Y así.