Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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Jadeaban Casallena y Juanito Romero cuando llegaron a la meseta del piso de las de Sotillo. Al cabo era un tercero con entresuelo, y el calor sacaba ampollas aquel día. Las tres hermanas los aguardaban amontonadas a la puerta, a medio abrir. Casallena, pálido de suyo, bastante largo y muy estrecho, con la fatiga y el calor verdegueaba un poco en la penumbra de la escalera, y costaba trabajo entenderle las primeras palabras que dijo allí, por lo tenue de la voz y lo reseco de lengua. A Juanito le sucedía lo propio, pero por causas diametralmente opuestas: era regordete y bajo, y al hablar jadeando, le resultaban gritos, por ingobernable impulso del ancho fuelle de sus pulmones.

Por fortuna, lo que quisieron decir al llegar no fue de importancia; y tanto valdría que lo hubiera sido, porque las tres de Sotillo se lo hablaban todo y a un mismo tiempo, sin escuchar a nadie ni saber lo que decían a punto fijo. Mucho apóstrofe, mucha amenaza en broma, mucho mote y mucha injuria de chanza; risitas picaronas y carcajadas a la fuerza; y ellos entrando poco a poco en medio de la algarabía, con excusas irónicas, hiperbólicas protestas y algún epigrama cruel que se perdió en el estruendo; y así hasta la sala, después de haber sido despojados violentamente en el camino de los sombreros y de los quitasoles.

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