Explore "Nubes de estío" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
La lámina de un aparato tan ingenioso que nos diera estampadas en ella las evoluciones del pensamiento humano, sería cosa bien digna de verse en determinadas crisis de la vida. Allí aparecerían, en caracteres legibles, los derroteros del discurso en medio del vertiginoso rodar de las ideas; el hilo sutil que enlaza las más mezquinas con las más sublimes, las lúgubres con las risueñas, las cómicas con las dramáticas; la gran lógica, en fin, de lo que nos parece, a la simple observación, génesis estrafalaria de los pensamientos incongruentes que centellean en el fragor de las borrascas del cerebro.
Por carecer de un utensilio semejante que, al fin, inventará el Edisson menos pensado, se llamó loca a sí misma Irene varias veces, mientras permaneció en la postura descrita al final del capítulo precedente. Tales y tan inconexas fueron las ideas que iban desfilando por su cabeza enardecida. Quería pensar con reposo, como lo pedían la ocasión y los sucesos; discurrir con lucidez para dar con una salida clara y pronta en el negro calabozo en que se hallaba, y se le venían a las mientes, pero en chispazos, como pasan las estrellas errantes por la bóveda celeste en la obscuridad de la noche, la noticia de El Océano, el busto de Jovita Sotillo, el andar de Casallena, el salón de conciertos de la playa, el uniforme del jefe de la estación del ferrocarril, la duda de si eran de plata o de oro los galones de su gorra y de sus mangas, el Padre Domínguez y la última comunión general de las congregantas; «el prócer,» su metal de voz, su continente espetado; su hijo, ¡aquel pescuezo de buitre! ¡aquella calva en el cogote!.