Explore "Nubes de estío" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Irene, con el ceño sombrío, los ojos azorados; el color pálido, los labios entreabiertos, de pie en medio de la habitación, como una arrogante estatua en la cual el genio de la escultura helénica hubiera querido representar la curiosidad mezclada de recelos y temores, vio entrar a su hermana Petrilla abanicándose mucho la enardecida faz, radiante de malicias y algo desmadejada de cuerpo por el calor y el trajín de la mañana; dejarse caer en la butaquita que poco antes había ocupado ella; reclinar el gallardo busto contra el respaldo; estirarse; poner los piececillos, primorosamente calzados, uno sobre otro, y darse más aire, ¡muchísimo aire! con el abanico, que crepitaba en su linda mano como si estuviera haciéndose añicos. De pronto enderezó el tronco, plegó las rodillas, arrojó la sombrilla y el abanico sobre la silla inmediata, y se llevó ambas manos al sombrero para quitársele, exclamando al mismo tiempo:
-¡Hija, qué calor, qué trajines. y qué gentes esas! Pensé que no se acababa el encierro en toda la mañana. ¡Son tantos y tan especiales!.