Explore "Nubes de estío" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Después de convenir Casallena y Juanito Romero en que a las de Sotillo, tan buenas en el fondo, tan honradas y cariñosas, les faltaba en la máquina del meollo lo menos, menos, la rueda catalina, torcieron por la primera bocacalle en busca de la gran arteria de la ciudad, que, por céntrica, larga, sombría y angosta, y correr por ella las bienhechoras brisas del salino nordeste estacional, estaba a aquellas horas cuajada de transeúntes, lo mismo de los afanosos que de los desocupados; porque daba para todos los gustos, y dándolo continuará probablemente, en las eternas y calurosas mañanas estivales.
Casallena había terminado ya su visita médica; eran poco más de las once, y nada tenía que hacer hasta las doce, hora en la cual se iba a la playa por el ferrocarril a tomar el baño de ola, que le desconcertaba los nervios, aunque él, médico y todo, creía lo contrario. Su amigo se bañaba también a la misma hora y en el propio sitio, con fines diametralmente opuestos; es decir, para combatir su tendencia a engordar, y con ello ir haciéndose más nervioso de lo que era. Lo probable es que, sin percatarse de ello, los dos se bañaran en la playa a aquellas horas por ser las de moda; la del remojo de la fine fleur de las damas y galanes indígenas y forasteros. El mundo menos crema, o que, siendo crema en rigor, se pagaba poco de los estatutos y ordenanzas de la clase, aprovechaba la ocasión y los sitios más de su gusto, como los seres comunes y hasta el vulgo de solemnidad.