Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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El tal periodista, de regular físico, pero bien acicalado y muy en punto en prendas de su atavío, no veraneaba allí por su propia iniciativa ni para regalo de su persona, sino por cuenta y mandato de la empresa de su periódico; era de los de plantilla en la redacción de éste, y de los tres o cuatro que salían de Madrid todos los veranos y se dividían en otras tantas porciones la Península entera, o determinadas regiones de ella, para dárselas a conocer, en pinturas más o menos fieles, al bondadoso suscritor del papel que les pagaba. Medio litoral cantábrico llevaba despachado ya cuando el lector de estos renglones ha tenido el gusto de conocerle, aunque no hacía aún tres semanas que había salido de Madrid, y eso que estudiaba lo que caía por su banda, «bajo todos sus aspectos,» desde el geológico hasta el recreativo. No se había visto hombre más desembarazado de trabas ni más suelto de pluma que él. Llegaba al terreno, le daba un vistazo, hacía cuatro preguntas al primer indígena que se le ponía delante; y al día siguiente un cartapacio al correo con material suficiente para un artículo de tres columnas apretadas, el primero de la serie, la cual nunca bajaba de seis.

«El celta,» «el fenicio,» «el cartaginés,» «el romano:» éste era el plantel de pobladores de donde sacaba él siempre los que le convenían para el territorio que estudiaba «bajo todos sus aspectos.» Por lo común, elegía el primero que se le venía a la pluma. ¿Qué más daba, si nadie le contradecía jamás, y eran contadísimos los españoles que podían hacerlo, y esos pocos no le leían a él? A veces, para cubrir mejor sus apariencias de erudito concienzudo, hacía como que dudaba: «¿sería el celta? ¿sería el fenicio? ¿sería el godo acaso? ¿sería quizás el árabe?» Y aunque no hubiera sido ninguno de ellos, ni tampoco otro por el estilo, cosa que le tenía a él sin cuidado, se fijaba en el fenicio, por ejemplo, en consideración a éste y al otro rastro más a menos característico, de aquellos supuestos aborígenes, en los naturales del país; testimonios y pruebas que acumulaba con la frescura más imperturbable; porque, para él, no tenían ni podían tener réplica. Convenido ya en que había sido «el fenicio» el primer colonizador de aquellos territorios, tratárase de los costeños o de los de secano de tierra adentro, pasaba a hablar del clima y principales producciones (artículo 2.º de la serie). Por de pronto, sus condiciones meteorológicas eran las mismas del día de la observación, copiado al pie de la letra: lluvioso, si llovía en aquella ocasión; triste y gris, brumoso, si estaba nublado o cayendo un poco de morriña; risueño y primaveral, si lucía el sol sin nubes; y así por este arte, con las necesarias alteraciones estacionales en consonancia con las sentadas bases. Sus elementos de riqueza, según fueran los que explotaban los sujetos a quienes acudiera con la pregunta; por ejemplo: la recría mular, la patata, las hortalizas, la pesca, los pollos artificiales. El tercer artículo de la serie versaba sobre los procedimientos usados en el país para la explotación de aquellos elementos de riqueza; de los resultados obtenidos y de los que podían obtenerse de otro modo, y del influjo que en todo ello podían ejercer «las iniciativas de los poderes públicos,» la equidad de las leyes fundamentales del Estado, y los beneficios «de una política amplia y racionalmente democrática.»

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