Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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En la llegada de este personaje concurrían aquel año singulares circunstancias que deben tenerse muy en cuenta aquí. Era el cuasi jefe del partido más considerable de la oposición de entonces; las Cortes se habían cerrado un mes antes apresuradamente, con un pretextillo legal de esos que siempre tienen a mano los Gobiernos para un apuro; y el apuro de aquella legislatura fue cierta repentina descomposición de la mayoría, por mal disimuladas y contrapuestas aspiraciones de ciertas y determinadas personalidades «conspicuas» de ella. Estas personalidades se habían desparramado después por las ciudades más renombradas entre las más famosas de las veraniegas de España; con el piadoso objeto de definir claramente sus aspiraciones y tendencias en sendos discursos pronunciados por fin y remate de los respectivos banquetes que darían los partidarios de sus ideas, por noble y espontáneo impulso de su patriotismo y de su adhesión incondicional y entusiástica: todo, por supuesto, con el generoso intento de afirmar la disciplina del gran partido a cuyo ilustre jefe continuaban y continuarían subordinados con alma y vida; nada por miras personales ni «bastardas ambiciones.» No había que confundir estos extremos por falta de reflexión o por exceso de malicia: ellos siempre serían ellos, es decir, los hombres leales y consecuentes, fieles y sumisos a su bandera; pero, por lo mismo, incapaces de sacrificar los sacrosantos intereses de la patria a las conveniencias de un partido.

Así hablaba la prensa ministerial, o, mejor dicho, la parte de ella adicta a los supuestos disidentes de la mayoría; la restante quería creerlo, pero sus trabajillos la costaba disimular que no podía; en cuanto a la de oposición, singularmente la del partido llamado a recoger la herencia del Gobierno cuando cayera, le pintaba tambaleándose ya; y para que acabara de caer, ensanchaba las rendijas entreabiertas, encendía los rencores y enconaba las heridas, mientras sus profetas e inspiradores se dispersaban también detrás de los enemigos para poner púlpito donde le pusieran ellos, con el honrado fin de no dejarles hueso sano y acabarlos de matar.

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