Explore "Oros son triunfos" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Tenía don Serapio una hermana viuda y pobre, que en algún tiempo, en vida de su marido, gozó también los favores de la fortuna. Esta hermana vivía en una aldea de la misma provincia, y tenía a su vez un hijo, de nombre César, en la edad crítica de emprender una carrera que, cuando menos, le proporcionase en adelante el pan cotidiano que su madre no podría darle siempre. Escribió a don Serapio todas estas cosas y otras más sentimentales todavía, añadiéndole que recibiría como una merced del cielo el ver a su hijo sentado en el último rincón del escritorio, bajo el amparo de su tío. Lo cual era tanto como pedir también al caritativo hermano techo, vestido y alimentos para su sobrino.
Prestóse desde luego a la solicitud el bueno de don Serapio; pero no su señora, que abarcó, en una sola ojeada, el desentonado cuadro que ofrecería semejante intruso en su entonada casa. ¿Qué puesto iba a ocupar en ella? Para ponerle a la mesa era muy poco; para enviarle a comer a la cocina, era demasiado; y en la mesa y en la cocina sería un pregón incesante de la miseria de su madre; y doña Sabina no se resignaba fácilmente a declarar, con testimonios de tal calibre, que en su familia o en la de su marido hubiese individuos pobres. Hubo, pues, dimes y diretes, semanas enteras de hocico y de ceñudo silencio en la mesa; pero aquella vez tuvo un poco de carácter don Serapio, y fue el rapaz a su casa, medio cerril, medio culto, pero listo como un pájaro y revelando en todas sus vetas una madera de facilísimo pulimento.