Explore "Oros son triunfos" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
No es difícil imaginarse la situación de ánimo en que se encontraría César después del diálogo, que ya conocemos, con su prima. Veinte años, rosas y tomillo por ilusiones, y un corazón que, a la edad en que otros estallan al contacto de vulgares desengaños y prosaicas realidades, encuentra en otro, también puro, también virgen, eco dulce y tierna correspondencia para todas sus impresiones y para todos sus más sublimes anhelos. Huérfano sin más porvenir en el mundo que la caridad de su tío, y en una época de la vida en que sentando ya muy mal el trompo en su mano, todavía no caía bien en su cuerpo la librea de los hombres formales, era dueño, absoluto dueño del misterioso impulso de las primeras emociones de un alma como la de Enriqueta, cuyos raros atractivos, como los rayos del sol, nadie ponía en duda. Figurábase que todos los ángeles del cielo habían bajado a buscarle y a buscar a Enriqueta, y que, después de colocar a los dos sobre nubes de nácar y arreboles, los mecían en el espacio sin límites, lejos, muy lejos de la tierra miserable, hasta darles por morada venturosa región de perpetua primavera, en la cual correrían sus vidas sin término y sin dolores.
Por tales alturas andaba la imaginación del pobre mozo cuando entró en su cuarto doña Sabina, punzante la mirada, airado el continente y violento el paso.