Explore "Pedro Sánchez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mi segunda visita a mi protector no alcanzó mejor éxito que la primera. Había salido de su despacho, y el desabrido portero no supo o no quiso decirme adónde, ni si volvería ni cuándo; de volver a su casa, no me había quedado gana maldita, y para esperarle en los pasadizos del Ministerio y echarle el alto de sopetón, no servía yo, corto y apocado aldeano lleno de desconfianzas y miramientos. Dolíame perder un día más, y aquello no me gustaba; pero como no era mía la culpa ni el remedio estaba en mis fuerzas, tornéme a la posada y arremetí con las novelas, las cuales no dejé de la mano hasta la hora de comer.
Después llegó don Serafín vestido de día de fiesta; y según lo convenido, me acompañó a su casa, donde ya nos esperaban Carmen y Quica: aquélla poniéndose los guantes, y ésta, a su lado, abanicándose maquinalmente, tiesa, muy tiesa, como clavada en el suelo, la boca fruncida, la mirada de asombro, y algo conmovida, cual si su espíritu estuviera meciéndose ya entre las emociones que barruntaba. Con su actitud jeremíaca y sus atavíos estrepitosos estaba horrible: lo mismo que un muñeco de esos que asustan a los niños alzándose de un brinco dentro de una caja, en cuanto salta la tapadera. A Carmen le sucedía entonces lo que a todas las chicas guapas per se: cuanto más se acicalan y se atusan y se prensan, más se desfiguran. Valía mucho menos vestida de señorita pobre, que de simple costurera. Sin embargo, estaba muy linda, porque lo mucho da para todo.