Pedro Sánchez by José María de Pereda — Read

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Comenzaba el otoño; tornaban a sus hogares los expedicionarios veraniegos de Madrid, que entonces no eran tantos ni tan varios como ahora; inauguraban sus campañas, de invierno los teatros; despolvoreábanse los aristocráticos salones; comenzaba, en fin, a palpitar la vida de invierno en el corazón del adormilado Madrid del estío, y El Clarín de la Patria aún tenía echada la llave a la sección de revistas semanales, crónica razonada del movimiento literario de España, con entretenidas excursiones, a veces, hasta por la elegante indumentaria de salón. ¿Y cómo abrirse aquellas puertas si el que vivía dentro se había mudado de casa? Es de saberse que Segismundo había cambiado su pluma de revistero por la de oficinista en el ministerio de la Gobernación, adonde le había llevado el conde de San Luis, gran protector de literatos, si es que puede llamarse protegerlos el colocarlos de modo que o tengan que dejar de escribir, o que descuidar los asuntos de su cargo. Y que no amengüe en nada la franca exposición de este mi leal parecer la buena memoria de aquel rumboso prócer, en lo que atañe a su incansable deseo de amparar a los hombres de talento; pues bien sabe Dios que si desapruebo el modo, estoy muy lejos de no aplaudir la intención.

El caso es que como no era decente que Segismundo cobrara con una mano la respetable nómina de su destino, y con otra escribiera en el periódico de más rabiosa oposición de cuantos se publicaban en España, se despidió muy cortésmente de Redondo, con expresiones para todos los demás de la casa; y habiendo acontecido esto, un día me llamó el director a su gabinete, donde estaba con los demás redactores, y después de poner a Segismundo de pancista, de liberal de pega y de otros tales primores, que no había por dónde cogerle, me dijo:

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