Sotileza by José María de Pereda — Read

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Aunque el lector de ultrapuertos quisiera permanecer un ratito en el Paredón, después de terminado el Cabildo, para dar recreo á los ojos contemplando el panorama que se descubre desde allí, describiendo con la vista un arco desde el monte Cabarga hasta el llano de las Presas; deteniéndola en el cercano fondeadero del Pozo de los Mártires, verdadero bosque de arboladuras, ó en el más próximo aún del Dueso, salpicado de lanchas y barquías del Cabildo, bien ajeno éste á creer que su axioma tradicional de «por mucho que apañes no fundarás en el Dueso,» había de ser desacreditado por el genio emprendedor de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la estación del ferrocarril, emblema del espíritu revolucionario y transformador de las modernas sociedades; haciendo, por curiosidad, desde lo alto de la escalera, algunas preguntas (que no quedarán sin sabrosa respuesta) á los muchachos de lancha, que canturrian ó vocean debajo del Paredón, mientras achican ó desatracan las que están á su cuidado; ó dando un vistazo, desde el crucero del alto de la cuesta del Hospital, á las dos filas de casas altas, angostas, desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse mejor, cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos, y los balcones, de redes y de trapajos, con rabas de pulpo y artes de pescar secándose en las paredes del fondo; y tripas de sardina y piltrafas de bonito por los aires; y madres desgreñadas y sucias, espulgando á sus hijos, medio desnudos, á la puerta de la calle; que todo eso, y mucho más que no digo, porque se adivina, y porque no cabe en la pulcritud del arte, era el barrio de los mareantes de Arriba, y en la misma forma continuó siendo durante muchos años; aunque en la contemplación de éste y del otro espectáculo quiera detenerse, repito, el susodicho lector de ultrapuertos; y aunque se pare un instante á la puerta de la taberna del tío Sevilla, atestada de marineros que más se ocupan en tomar la mañana que en examinar las cuentas del Cabildo, aún nos queda tiempo sobrado para llegar, poco á poco, á la calle de San Francisco, por la cual discurrían los elegantes de entonces, con sus tuinas de mezclilla verdosa, prenda recién introducida en la indumentaria al uso, y penetrar, con la debida licencia, en casa del capitán de la Montañesa, don Pedro Colindres, más conocido entre la gente de mar por su mote de Bitadura, en el instante de llegar con su señora y su hijo de la misa de once de la Compañía.

Y quiero que sea éste el momento de nuestra presentación á él, para que le vean con todas sus empavesadas de señor los que hayan podido verle á bordo, ó desembarcar al día siguiente, con su ropaje del oficio, sin arrastraderas, macizo y basto.

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