Explore "Sotileza" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Andrés madrugó al día siguiente más que el sol, y fué á la misa primera que decía en San Francisco el padre Apolinar para los pescadores de la calle Alta. Muergo, que había ido á llamarle, llevaba los aparejos y la cesta con las provisiones de boca para todo el día; provisiones que la capitana había preparado por la noche, según lo tenía por costumbre cada vez que su hijo iba de pesca. ¡Era de oir á la mujer de don Pedro Colindres cuando, delante de su hijo, acomodaba en la cesta cada cosa!
-Dos, cuatro, siete. diez. Una docena justa de huevos duros te he puesto. ¿Tendréis bastante? En este envoltorio de papel van rajas de merluza frita: dos libras y media. Por supuesto, que si dejas meter las manazas á esa gente, no te queda á tí para probarla. ¡No comieran rejones atravesados! ¡Hijo, yo no sé cuándo has de perder esa condenada afición tan peligrosa! Y todo, para venir abrasado del sol y del viento, y apestando la casa á esas inmundicias. Y lo peor es que el mejor día, si no te quedas allá, coges un tabardillo que te lleva. Vamos, no te amosques, que por tu bien te lo digo. Aquí va una empanada de jamón con pollos. Éstas son salchichas. tres docenas. Procura que se harten con ellas esos hambrones, para que te quede á tí más de lo otro. Para cinco he puesto. Si son más, porque á tí se te pega siempre medio Cabildo, que coman clavos ó que se arreglen con lo que haya. ¡Dará gusto ver á tu amigo Muergo chuparse los dedazos y relamerse los hocicos de cerdo!. ¡Buena educación y buenos modales aprenderás á su lado! ¡Hijo, qué gustos más arrastrados tienes, y qué rabia me da no poder arrancártelos de cuajo!. Pero la culpa tiene tu padre que te los consiente, si es que no te los aplaude. ¡Sí, sí, Andrés! Te lo digo como lo siento; y tienes que oírmelo, porque eso es lo menos á que estás obligado. Una ración buena de pasta de guayaba, para tí solo; medio queso de Flandes y dos libras de galletas dulces, para todos. Seis libras de pan. ¿Cuántas botellas de vino pongo? ¿Tendréis bastante con cuatro? Vamos, te pondré seis; porque esa gente, ¡tiene un saque!. La servilleta fina. ¡Cuidado con que les consientas limpiarse las manazas con ella! Para eso van estas dos rodillas grandes. El vaso para tí. y otro para ellos. Tenedores, cuchillos. Fortuna que la cesta no es chica, que si no. Ya estás aviado de lo principal. Sobre la cama te pondré el vestido de mar y el abrigo, por si el nordeste refresca. ¡Y, por el amor de Dios, hijo mío! no salgas muy afuera ni vuelvas tarde; ¡porque tú no sabes lo que yo me consumo pensando en lo que podrá sucederte! ¡Qué misa de tres se va á cantar en San Francisco el día en que esa condenada afición se te acabe. y vayan las cosas por donde deban ir!