Explore "Sotileza" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
El pobre Cleto andaba, andaba, calle arriba y calle abajo; del Paredón al portal, del portal al Paredón, diciéndose al comienzo de cada subida «de esta vez entro;» y llegaba junto á la puerta, y no entraba. y vuelta hacia el Paredón; y siempre con aquel clavo roñoso adentro, que se le hundía en lo más dolorido del pecho á cada paso que daba. Y aquel clavo era Muergo y el considerar que si había de echarle de la bodega para siempre á fuerza de bofetadas, con lo necio y lo forzudo que el monstruo era, ya tenía campaña para rato; y si al fin de ella, suponiendo que la campaña tuviera fin, resultaba que le cerraban la puerta á él por lo mismo que había tratado de barrerla de aquel modo, ¡lucida era la recompensa que obtenía por su empeño! ¡Si él tuviera amigos á quienes pedir un consejo! ¡personas de formalidad y de palabra, que le creyeran todo lo que él les contara de aquellas cosas que sentía despierto y soñando, á modo de «jirvor» que le salía de la entraña, y rompía como una mar del noroeste, tan pronto contra la tapa de los sesos como contra las paredes del arca, en cuanto ponía los pensamientos en Sotileza. (y no la apartaba un punto de su memoria); y aquel cosquilleo que le entraba con sólo pensar en lo que él sería, arrimado para siempre á la bodega, y lo que temía llegar á ser si, después de haber conocido cosa mejor, no le sacaban pronto del quinto piso, ó no se resolvía á tirarse una noche por el balcón abajo! Bien apurada la materia, él no podía vivir sin lo uno ni con lo otro. Se acordó de Andrés, en cuya influencia entre las gentes de la bodega había pensado también otras veces para salir de sus ahogos; pero Andrés era protector de Muergo, y no se prestaría á ayudarle en un empeño que perjudicaba á aquel animalote. Ir derechamente con sus cuitas á los interesados en ellas, era aventurarse demasiado, porque, tras de no conocer bien las intenciones de aquellas gentes, él fiaba poco en la torpeza de su palabra y en la cortedad de su genio para pintar á lo vivo las «rompientes» consabidas de sus «jirvores,» y la fuerza y significación de los otros cosquilleos que le atormentaban.
Y así discurriendo, andaba ya, sin darse de ello la menor cuenta, calle de Rua-Mayor abajo; y llegó á la Pescadería, desierta á aquella hora; y continuó hacia la Ribera. y allí se encontró, tope á tope, con el padre Apolinar. ¡Nadie como aquel buen señor para oirle con caridad y apuntarle un buen consejo!