Sotileza by José María de Pereda — Read

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Por rara casualidad estaba don Venancio Liencres en casa cuando llegó á sus puertas la capitana preguntando por él, precisamente por él. Cierto que se hallaba ya con el sombrero puesto para salir á perorar un rato en el senado del Círculo de Recreo, donde á la sazón se agitaba entre los senadores no sé qué punto de transcendencia para las harinas castellanas, las obras del ferrocarril y los cueros de Buenos Aires; pero, en fin, estaba en casa, y recibió á la madre de Andrés sin visible disgusto, y á solas como ella quería.

Allí, anegada en llanto, y en el secreto de la confesión, declaró Andrea á don Venancio todo lo que les estaba pasando con su hijo. Temía que en las respuestas dadas por éste á su padre se envolviera un propósito de casamiento con la tarasca callealtera. Y esto no podía suceder, porque sería la perdición de él, la vergüenza de toda su familia y el escándalo del pueblo. El capitán estaba ya dando los pasos necesarios para enterarse mejor de la magnitud del peligro; pero esto no bastaba: era preciso que don Venancio mismo, que tantos títulos reunía para merecer el respeto del desatinado mozo, le hablara al alma, le amonestara, se le impusiera; y que por Dios, y que por los santos. Y lágrima va, y sollozo viene. Y don Venancio no salía de su asombro, sino para considerar lo mucho que debía valer la fuerza de su palabra, cuando á ella seguía acudiendo la capitana en los conflictos más graves de su vida.

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