Sotileza by José María de Pereda — Read

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Todavía resonaban hacia la calle de la Mar los gritos de ¡apuyáaa! ¡apuyáaa! con que el deputao del Cabildo de Abajo despertaba á los mareantes recorriendo las calles en que habitaban, y aún no habían llegado los más diligentes de ellos á la Zanguina para tomar la parva de aguardiente ó el tazón de cascarilla, cuando ya Andrés, dolorido de huesos y harto desmayado de espíritu, salía de los Arcos de Hacha, atravesaba la bocacalle frontera y entraba en el Muelle buscando la Rampa Larga. Eran apenas las cinco de la mañana, y no había otra luz que la tenue claridad del horizonte, precursora del crepúsculo, ni se notaban otros ruidos que el de sus propios pasos, el de las voces de algún muchacho de lancha, ó el de los remos que éstos movían sobre los bancos. La negra silueta del aburrido sereno que se retiraba á su hogar dando por terminado su penoso servicio, ó el confuso perfil del encogido bracero á quien arrojaba del pobre lecho la dura necesidad de ganarse el incierto desayuno, eran los únicos objetos que la vista percibía en toda la extensión del Muelle, descollando sobre la blanca superficie de su empedrado.

Para los fines de Andrés, aquella madrugada ofrecía mejor aspecto que la noche precedente. Estaba menos enrarecida la atmósfera; se aspiraba un ambiente casi fresco; y aunque en los celajes, sobre la línea del horizonte por donde había de aparecer el sol, se notaban ciertos matices rojos, este detalle, por sí solo, tenía escasísima importancia.

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