Explore "Sotileza" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
No merece el bondadosísimo lector que me ha seguido hasta aquí con evangélica paciencia, que yo se la atormente de nuevo con el relato de sucesos que fácilmente se imaginan, ó son de escasísima importancia á la altura en que nos hallamos del asunto principal. si es que hay asunto principal en este libro. Dejemos, pues, que pasen horas desde las infaustas que se puntualizan en el capítulo precedente; que rueden lágrimas de hiel escaldando mejillas de afligidos, y otras harto más dulces entre abrazos de alegría y latidos de corazones sin tortura; que las piadosas ofertas á Dios, en momentos de grandes apuros, se cumplan, y que los fervorosos mareantes, y Andrés delante de todos ellos, descalzos y con los vestidos mojados aún por el agua de la tempestad, y con los remos y las velas al hombro, vayan al templo y salgan de él entre el respeto y la conmiseración de las gentes de la ciudad; que corran días después, y el saborcillo de otros sucesos nuevos mate en la pública voracidad el ansia por los pasados, por tristes ó ruidosos que hayan sido; que las lecciones recibidas aprovechen, en unos para perdonar, en otros para corregirse; que Andrés normalice su vida por los nuevos derroteros á que le arrastran una repentina y cordial aversión á las ligerezas y entretenimientos de antes. y cierta entrevista con su amigo Tolín, solicitada por éste y celebrada en lo más secreto y apartado del escritorio de don Venancio Liencres; que, en señal de lo firme de sus propósitos y lo arraigado de sus aversiones, queme sus naves, es decir, venda su Céfiro y sus útiles de pesca, y regale el dinero de su valor al viejo Mechelín, por mano del padre Apolinar, pues él no debe poner más los pies en la bodega; que aquella meritísima familia se regocije en la creencia de que sus oraciones, con una vela encendida ante la imagen de San Pedro, al saber que Andrés estaba en la mar el día de la galerna, contribuyeran poderosamente á su salvación; dejemos también que el hijo de don Pedro Colindres llame á Cleto, y á solas con él, le jure, con la solemnidad con que lo hizo otra vez en lo alto del Paredón, pero con mayor confianza en sus fuerzas para llegar á cumplirlo, todo lo que el noblote hijo de Mocejón necesitaba creer para quedarse solamente con la carga de sus dudas de llegar á ser correspondido, y la de la vergüenza de ser hijo de su madre, que no era carga ligera; dejemos, en fin, que pasen dos días más, y Cleto vista la librea de los servidores de barco de rey, en vísperas de ser llevado al Departamento, y que la justicia humana encierre en la cárcel pública á las hembras del quinto piso para formarlas un proceso por difamadoras y escandalosas, y vamos á dar el último vistazo á la bodega de la calle Alta.
Está allí el padre Apolinar; y mientras tía Sidora y Sotileza traginan tristemente y en silencio, él pasea por la salita conversando con Mechelín, que se calienta con los rayos del sol que penetran por la ventana, sentado en una silla, muy cargado de ropa, descolorido y descarnado. No apetece ya la pipa, y sus ojos tristes lo miran todo sin curiosidad. Estuvo á pique de morir. Confesóse con el fraile; le viaticó éste después, y al día siguiente «ya había un poco de hombre.» Fué reviviendo algo más; y en cuanto pudo ponerse derecho, saltó de la cama que le entristecía mucho. Contaba con llegar á restablecerse lo necesario para volver á sus faenas de bahía. Cosas de viejos achacosos que parecen, como los niños, la flor de la maravilla. Sólo que en los viejos achacosos cada zarpada de los achaques se lleva una buena tajada entre las uñas. El médico del Cabildo alentaba sus esperanzas; pero yo tengo para mí que otra le quedaba dentro al buen doctor.