La Enferma by Eduardo Zamacois — Read

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Jorge Sand dijo que "una mujer no puede amar al hombre a quien considere inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es amistad". Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución. Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su orientación y su temple.

A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente que, si bien hay mujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas: le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con más violencia.

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