
La Enferma narra la historia de Consuelito Mendoza, joven casada con Alfonso Sandoval, cuyo temperamento nervioso se manifiesta en fiebres, alucinaciones, pesadillas y ataques histéricos. Consuelo pasa las noches asaltada por visiones —brazos negros, gnomos, estatuas que cobran vida, muñecos de tafetán verde— y los días alternando entre mimos infantiles hacia su marido y crisis de llanto sin causa. Alfonso, condescendiente y celoso a la vez, la entretiene con cuentos improvisados y consulta a su amigo el doctor Gabriel Montánchez. Se relata el origen del mal: de niña, un susto —un hombre amenazó a su padre con un cuchillo— coincidió con su pubertad y dejó su naturaleza "resentida". También se narra su noviazgo con Sandoval, su devoción absoluta hacia él y la muerte de su padre poco después de casarse. Montánchez, antiguo calavera que vivió aventuras disolutas en París, Argel, Italia y Grecia antes de reformarse como médico entregado al estudio, diagnostica en Consuelo un desarreglo nervioso y decide tratarla con hipnotismo. Se cuenta también su curiosa manía de vivir aislado del tiempo, sin relojes ni luz natural, para no envejecer. Las primeras sesiones de hipnotismo fracasan por la risa y el nerviosismo de Consuelo, pero luego Montánchez logra dominarla con solo mirarla, sometiéndola a "duchas nerviosas" imaginarias de frío y calor, y hace que confiese, en trance, su amor absoluto por Alfonso y su miedo instintivo hacia él mismo. Paralelamente, Consuelo empieza a sospechar que Montánchez está enamorado de ella y que representa un peligro; lo identifica con el fantasma verde de sus pesadillas. Se enfurece cuando Alfonso, siguiendo consejo médico, le pide que salga sola para "emancipar su voluntad", y se niega rotundamente, acusando a Montánchez de ser un criminal disfrazado de caballero. Propone en cambio un largo viaje a Italia y Francia para alejarse de él, y Alfonso accede. El texto revela entonces, desde el punto de vista de Montánchez, que efectivamente se ha enamorado de Consuelo con una pasión tardía y arrolladora, y que planea conquistarla pese a la amistad que lo une a Sandoval, razonando que el afecto de Alfonso tiene límites y que "somos dos hombres para una mujer". Se describe una escena en su laboratorio, donde realiza un experimento de fisiología (mantener con vida artificial la cabeza decapitada de un gato) que lo lleva a una reflexión materialista sobre la ausencia de alma y la fatalidad del tiempo, mientras fuma opio y confiesa para sí su determinación de poseer a Consuelo por cualquier medio. El texto se interrumpe mientras Consuelo, ignorante aún del alcance de esta decisión, sigue ocupándose ilusionada de los preparativos del viaje que planea emprender con su marido para escapar del médico.
By Eduardo Zamacois · First published 1864 · Genre: Drama, Romance, Psychological Fiction · 8 chapters · 86.293 palabras
Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la / noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de / sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas / palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien, / al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de / la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció / largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando / nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la / habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba / silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial, / paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos / repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una / silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio! . / Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando / por buscarle semejanza con otro objeto, pero sin conseguirlo; siempre / le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada / imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no / pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los / misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero / de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era / algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la / cabeza? Continuó mirando. y, nada; la realidad se obstinaba en no / doblegarse al capricho.
La Enferma figura en Textopian como novela de Eduardo Zamacois, con fecha de 1864 d. C.
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