Historia de dos ciudades by Charles Dickens

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Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.

Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.

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