La familia de Alvareda by Fernán Caballero

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Al reunirse a la noche siguiente, trajo Ventura consigo un perrito de aguas negro, que se llamaba Tambor. Nunca, jamás por jamás, se había dado que un perro extraño se hubiese introducido en aquellas veladas. Así es que, apenas entró coleando, bien lavado, bien pelado y con todo el desembarazo de un pulido elegante, cuando Melampo, que tenía en poco esos méritos y en muy escasa estima los paseantes en cortes, le embistió de fuerte y feo, y lo dejó aplastado con una de sus patazas, pero sin tener por eso la idea ambiciosa de afectar la actitud ni el aire del león de Waterloo.

En vano le pegaba Perico, en vano le daba de puntapiés Ventura, en vano le tiraba Pedro el sombrero y le gritaban las mujeres; Melampo estaba ofuscado, había perdido su acostumbrada moderación y docilidad. ¡Quién lo hubiese creído! Se emancipaba. Sólo cuando Ángel se echó sobre él, le pasó los bracitos al cuello y le gritó al oído: «Pícaro, vete a tu rincón», soltó Melampo su presa y obedeció, retirándose cabizbajo, como avergonzado de haber vencido a un inferior. Allí se acostó, volviendo la cara a la pared para no ser testigo de los halagos que recibía y de las habilidades que sabía hacer un perro de pelo rizado, pelado, con pulseras y hopo, que le chocaba altamente.

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