Explore "La familia de Alvareda" by Fernán Caballero on Textopian. Read with annotations and highlights.
El gozo de Elvira fue tan corto como había sido vivo. ¿Qué puede escaparse a los ojos de la que ama? ¿No es sabido que hay cosas que, cual el viento de Guadarrama, son casi un soplo y matan? Sin que Rita ni Ventura se hubiesen aún dado cuenta a sí mismos de la mutua seducción que uno sobre otro ejercían, Elvira ofrecía a Dios por segunda vez los dolores de su perdido amor, esta vez, empero, sin remota esperanza. Miraba la paciente y prudente Elvira un rompimiento como señal precisa de alguna catástrofe, y seguía como una mártir, recibiendo, sin atreverse a rechazarlas, las frías muestras de un amor pálido y débil como ella, que se desvanecía a la viva llama de otro nuevo, que chispeaba, ya activo, brillante y bello, como lo era el objeto que lo inspiraba. Hacíanse las visitas en la reja, cada noche más cortas y más frías. No había ocasión en que un gesto, una mirada, un dicho, no pusiese en contacto directo a esos dos seres que, cual la mariposa, se complacían en acercarse a la llama por un impulso instintivo del que se dejaban arrastrar sin definirlo, y al que aún nada contrarrestaba; porque el que una mujer casada olvidase sus deberes, el que un novio dejase de amar a los suyos, es cosa casi del todo desconocida en los pueblos; pero para la familia cuya historia contamos, era increíble, al punto de mirarla como imposible. Mas Rita no conocía freno, y la vida militar había sido para Ventura mala escuela de costumbres. Una mañana le dijo Perico a Elvira, antes de marchar al campo, al hallarla sentada en el patio:
-Hermana, aquí tienes dinero para comprarte ropa de color; has cumplido el hábito de Dolores, que ofreciste llevar hasta la vuelta de Ventura; quiero ya ver tu cara, tu vestido, todo alegre en ti.