La familia de Alvareda by Fernán Caballero

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Después de una noche de angustias y desvelos se levantó Ana, al parecer más tranquila, abrigando alguna esperanza en la determinación que había tomado de hablar a Rita, y mostrándole el precipicio al que ciega corría, persuadirla a retroceder.

Tenía Ana una dignidad que hubiese impuesto a todo aquel en quien la noble calidad de respetar no hubiese estado sofocada por el orgullo, que ha sido siempre el peor de los enemigos del hombre; porque cual ningún otro es osado, cual ningún otro levanta la frente ante la virtud; cual ningún otro se planta y señorea; cual ningún otro esconde su perversidad bajo buenas formas, y cual ningún otro falsea las ideas y condena y califica de servilismo al respeto, ese santo sentimiento que entró en el mundo con la primera bendición de Dios. Quiere el orgullo a veces erigirse en dignidad; pero no lo consigue jamás. Porque la dignidad, al contrario del orgullo, no se alza a costa ajena, sino que deja y mantiene cada cosa en su lugar, siendo su actitud aúnmás noble cuando honra que cuando es honrada. La dignidad no la dan el puesto, el saber, la riqueza, ni, menos que nada, la soberbia. Ella es el sencillo reflejo de un alma elevada que siente su fuerza. Es natural, como el sonrosado de la robustez, y no postiza, como el rojo de los afeites.

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