Explore "Historia cómica de los estados e imperios del sol" by Cyrano de Bergerac on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nuestro barco llegó al abra de Tolón, y luego de dar gracias al viento y a las estrellas por el buen término de nuestro viaje, nos abrazamos todos en el puerto y nos dijimos adiós. En cuanto a mí, como en el mundo de la Luna, del que entonces regresaba, el dinero se substituye con versos y yo casi había perdido el recuerdo de tenerlo, el piloto consideró pagado mi pasaje con el honor de haber llevado en su navío a un hombre caído del Cielo. Nada nos impidió, pues, llegar hasta cerca de Tolosa, donde tenían su casa unos amigos míos. Ardía yo en deseos de verlos porque pensaba que les produciría mucha alegría con la narración de mis aventuras. No os enojaré a vosotros contándoos todo lo que me sucedió en el camino; me cansé, descansé, tuve sed, tuve hambre, bebí y comí. Aunque en seguida me rodeasen los veinte o treinta perros que componían la jauría de mi amigo, y aunque yo fuese vestido con muy poco aseo y estuviese delgado y tostado por el Sol, mi amigo me reconoció en seguida, y arrebatado por la alegría se tiró a mi cuello, y luego que me besó más de cien veces todo tembloroso de contento, me llevó hacia su castillo, y ya en éste, cuando las lágrimas de su alegría se detuvieron dando lugar a su voz, la soltó a semejantes razones: «Por fin vivimos y viviremos a pesar de todas las desgracias con que la fortuna ha peloteado nuestra vida; ¡Dios mío!, realmente no es cierto el rumor que corrió de que habíais sido quemado en el Canadá, en la hoguera de un fuego artificial que vos inventasteis. Y, sin embargo, dos o tres personas de cabal juicio entre las muchas que me dieron tan tristes noticias me han jurado que habían visto y tocado ese pájaro de madera con el cual volasteis. Me contaron que, por desgracia, habíais entrado dentro en el preciso momento que le prendían fuego, y que la rapidez que adquirieron al quemarse los cohetes que habían atado en torno de la máquina os elevaron a tanta altura que todos los allí presentes os habían perdido de vista. Y según ellos me juraban, os habíais quemado tan completamente, que al caer la máquina al suelo tan sólo se encontró en ella una pequeñísima parte de vuestras cenizas». «Señor, estas cenizas -le contesté yo- no eran sino de la máquina, porque a mí el fuego no me hizo ningún daño. El artificio estaba atado por la parte de fuera y su calor, por consiguiente, no podía hacerme daño a mí.
»Por lo demás, ya sabréis vos que tan pronto como se acabó el salitre y la impetuosa ascensión de los cohetes no conseguía sostener la máquina, cayó ésta en el suelo. Yo la vi caer, y cuando ya pensaba piruetear con ella me quedé asombrado viendo que ascendía hacia la Luna. Preciso es que os explique la causa de tal ascensión que vosotros juzgaréis un milagro.