Arráncame la vida by Ángeles Mastretta — Read

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Juan consiguió el helado de vainilla y me dejó en la puerta de Sanborns de Madero. Ahí me sentía yo protegida porque las paredes son de talavera. Manías de uno. Donde hubiera talavera me sentía a salvo, por eso a todas mis casas lo primero que meto es la vajilla de talavera. Una de las amarillas con azul para cincuenta personas. Dicen que ahora cuestan una fortuna, entonces hasta se veían mal. Todo el mundo tenía porcelana de Bavaria no talavera poblana, tosca y quebradiza.

Me quedé un rato en la puerta de Sanborns. Recargada contra la pared como una piruja, sintiéndome Andrea Palma en la mujer del puerto. Después atravesé la calle y pasé frente al Banco de México, que entonces dirigía un idiota de anteojos gruesos del que siempre se me olvida el nombre. Era tan pendejo y tan feo. Además le había quitado el puesto a un hombre inteligente y simpático al que yo quería mucho porque fue el único que no se rió de mí cuando en una comida Andrés comentó que yo me había puesto a llorar con el Himno Nacional después del informe.

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