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La señora de Bonmont concebía el amor como un abismo de felicidad. Después de aquella cena en el restaurante Madrid, ennoblecida por la lectura de una carta regia al volver emocionada del bosque, en el coche caldeado aún por una caricia histórica, había dicho a José Lacrisse: "¡Así, eternamente!"; y esta frase, que parecerá frívola, si se considera la inestabilidad de los elementos que sirven de sustancia a las ansias amorosas, probaba un oportuno espiritualismo y una tendencia elegante hacia lo infinito. "Estamos de acuerdo", había respondido José Lacrisse.
Dos semanas pasaron desde aquella noche generosa; dos semanas, durante las cuales el secretario del Comité provincial de la Juventud realista compartió su tiempo entre sus ocupaciones políticas y sus entretenimientos amorosos. La baronesa con un traje de hechura sastre, y con el rostro cubierto por un velo de encaje blanco, acudió puntual, a la hora convenida, al entresuelo de una discreta casa de la calle de Lord Byron, compuesto de tres habitaciones amuebladas por ella con toda la delicadeza de su corazón, y cuyas paredes estaban cubiertas con la seda azul-celeste que envolvía poco tiempo antes los amores olvidados de Raúl Marcien. José Lacrisse estuvo correcto digno y hasta un poco reservado; insinuante y juvenil, pero no como ella deseaba verle. Tenía mal humor y parecía estar muy inquieto. Su entrecejo arrugado, sus labios delgados, le hubieran recordado a Rara si no poseyera en toda su plenitud el delicioso don de olvidar el pasado.