El señor Bergeret en París by Anatole France

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En la tibia y luminosa puesta del sol, el jardín del Luxemburgo aparecía impregnado por un polvillo de oro. El señor Bergeret se sentó en la terraza, entre los señores Denis y Goubin, al pie de la estatua de Margarita de Angulema.

-Señores -les dijo-, deseo leerles un artículo que ha publicado esta mañana el Fígaro. No les nombraré al autor; sin duda lo reconocerán ustedes. Puesto que la casualidad así lo dispuso, daré gustoso mi lectura ante esta amable mujer que apreciaba la buena doctrina que estimaba a los hombres de corazón, y que por haber sido docta, sincera, tolerante, piadosa y por haber querido arrancar a los verdugos sus víctimas amotinó a los frailes contra ella, y los estudiantes de la Sorbona la persiguieron; obligóse a los pilletes del colegio de Navarra a que la insultaran, y si no fuera hermana del rey de Francia, seguramente la hubiesen arrojado al río metida en un saco. Su alma era dulce, profunda y risueña. No sé si en vida tuvo la expresión de malicia y coquetería que se revela en este mármol obra de un escultor poco famoso, que se llamaba Lescorné; pero es cierto que no la tiene en los retratos al lápiz hechos sinceramente por los discípulos de Clouet. Yo más bien creo que su sonrisa estaba impregnada de tristeza y que sus labios formaban un pliegue doloroso cuando dijo: "Al repartir el aburrimiento común a todas las criaturas bien nacidas me han adjudicado más de lo que me corresponde." No fue dichosa en su existencia privada, y vio triunfar a los malvados aplaudidos por los ignorantes y por los cobardes. Me parece que hubiera escuchado con simpatía lo que voy a leer, cuando sus oídos no eran de mármol.

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