El señor Bergeret en París by Anatole France

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Félix Panneton subía lentamente por la avenida de los Campos Elíseos. Resuelto a formar parte del senado, al dirigirse hacia el Arco de Triunfo calculaba las probabilidades y la composición de su candidatura. El señor Panneton pensaba, como Bonaparte: "Preparar, calcular, actuar." Circulaban dos listas entre los electores del departamento. Los cuatro senadores salientes: Laprat-Teulet, Goby, Mannequin y Ledru, se presentaban de nuevo; los nacionalistas presentaban al conde de Brecé, al coronel Despautéres, al señor Lerond, antiguo magistrado, y al carnicero Lafolie.

Era difícil saber cuál de las dos listas triunfaría. Los senadores antiguos se recomendaban a los pacíficos habitantes del departamento por una larga práctica del Poder legislativo y como guardianes de las tradiciones, a la vez autoritarias y liberales, que se remontaban a la fundación de la República e iban unidas al nombre legendario de Gambetta. Se recomendaban también por algunos favores distribuidos con mesura y por abundantes promesas. Su partido era numeroso y disciplinado. Aquellos hombres públicos, contemporáneos de los grandes acontecimientos, manteníanse fieles a sus doctrinas con una firmeza que embellecía los sacrificios realizados al atender las exigencias de la opinión bajo el imperio de las circunstancias. Eran oportunistas antiguos y se llamaban radicales. Cuando se suscitó el proceso, los cuatro habían demostrado un profundo respeto al Consejo de guerra, y en uno de ellos aquel respeto llegó a ser sentimental; el anciano abogado Goby hablaba siempre de la justicia militar con lágrimas en los ojos. El predecesor, el republicano de los tiempos heroicos, el hombre de las grandes luchas, Laprat-Teulet, hablaba del Ejército nacional en términos conmovedores; en otros tiempos hubiérase juzgado más oportuno aplicar ternura semejante a una pobre huérfana que a una institución poderosa con tantos hombres y tantos millares de millones. Aquellos cuatro senadores habían votado la ley de expropiación yexpresado ante la Diputación provincial su deseo de que el Gobierno tomase disposiciones rigurosas para contener la agitación revisionista. Eran tenidos por dreyfusistas en el departamento, y como no había otros, los nacionalistas los combatían furiosamente. Reprochaban a Mánnequin ser cuñado de un consejero del Tribunal Supremo. En cuanto a Laprat-Teulet, que encabezaba la lista, recibía injurias y ofensas bastantes para salpicar la lista entera. Le recordaban los tiempos en que, comprometido en Panamá, bajo la amenaza de un auto judicial, dejóse crecer la barba blanca para tener un aspecto venerable, y se hizo pasear en un coche de paralítico por su devota mujer y por su hija con traje de beata. Rodeado por tales apariencias de santidad cruzaba todos los días el paseo a la sombra de los olmos, tomaba el sol y hacía rayas en la arena con la punta del bastón, mientras en su espíritu astuto preparaba su defensa, que un sobreseimiento hizo innecesaria. Luego se rehabilitó, pero el furor nacionalista ensañóse contra él. Era panamista y le supusieron dreyfusista.

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