El señor Bergeret en París by Anatole France

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Era el día de Año Nuevo. Aprovecharon un momento en que cesó la lluvia torrencial, y, pisando el barro amarillo que cubría las calles, el señor Bergeret y su hija Paulina fueron a felicitar a una tía materna muy anciana que vivía en absoluto aislamiento en un pisito de la calle Rousselet, con vistas al jardín de un convento y arrullado por las campanas. Paulina estaba alegre sin motivo, acaso porque las solemnes festividades, al señalar el transcurso del tiempo, ponían de relieve los progresos encantadores de su juventud.

El señor Bergeret, en aquel día solemne mostraba su natural indulgencia sin esperar grandes favores de los hombres ni de la vida, pero seguro, como el señor Fagon, de que es necesario perdonarle mucho a la Naturaleza. A lo largo de las calles, los pordioseros, erguidos como candelabros o aparatosos como altares, constituían el ornato de aquella fiesta social. Habían acudido a engalanar los barrios burgueses, mendigos, truhanes vagabundos, lisiados, leprosos, raquíticos, mistificadores, peregrinos, epilépticos y tullidos; pero arrastrados por la confusión universal de caracteres se resignaban con la medianía corriente de las costumbres y no exhibían, como en tiempos del gran Coesre, deformidades horribles y llagas espantosas. No rodeaban con vendas sucias sus miembros mutilados: eran sencillos, y sólo fingían lisiaduras soportables. Uno de ellos, cojeando, pero sin perder su agilidad, siguió largo rato al señor Bergeret.

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