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En su infinita mansedumbre, inducidos por el padre común de los fieles, los obispos, canónigos, párrocos, vicarios, abades y priores de la Pingüinia resolvieron celebrar un oficio solemne en la catedral de Alca, para obtener de la Divina Misericordia que pusiera término a los disturbios que desgarraban uno de los más nobles países de la cristiandad y concediese al arrepentimiento de la Pingüinía el perdón de sus crímenes contra Dios y contra los ministros del culto.
La ceremonia tuvo lugar el 15 de junio. El generalísimo Caragüel asistía y le acompañaba todo su Estado Mayor. La concurrencia fue numerosa y brillante. Según la frase feliz de Bigourd, «al mismo tiempo era una muchedumbre y una selección». Figuraba en primera línea el señor de la Berthoseille, chambelán del príncipe Crucho. Cerca del púlpito, desde donde hablaría el reverendo padre Douillard, de la Orden de San Francisco, hallábanse en pie y en actitud de recogimiento, con las manos cruzadas sobre sus garrotes, los más ilustres personajes de la Liga de Antipyrotinos: el vizconde Oliva, el señor de la Trumelle, el conde de los Boscenos. El padre Agaric ocupaba el ábside con los profesores y los alumnos del colegio de San Mael.