La isla de los pingüinos by Anatole France

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Ella no le quería mucho; pero deseaba que él la adorase. Mostróse reservada, y no por falta de cariño, sino porque hay entre las prácticas amorosas algunas que se realizan con indiferencia, por distracción, por instinto, por curiosidad, por costumbre, como ensayo de poder y para descubrir los resultados. La causa de su reserva fue otra. Lo conocía a fondo y le supuso capaz de aprovecharse de sus confianzas y de reprochárselo groseramente si no continuaba las concesiones.

Como él era, por conveniencia principalmente, anticlerical y librepensador, Evelina creyó muy oportuno afectar modales devotos. Llevaba en la mano, para que los viera él, enormes libros de misa con rojas tapas, y le metía por los ojos las listas de suscripciones para el culto nacional de Santa Orberosa. No hacía esto para mortificarle, por travesura, por frivolidad, ni por espíritu de contradicción, sino porque de aquel modo afirmaba un carácter, se crecía, y para exaltar el ánimo de Hipólito se rodeaba de religión como Brunilda, para atraer a Sigurd, se rodeaba de llamas. Al diputado le pareció más bella con aquel disfraz, porque a sus ojos el clericalismo era una elegancia.

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