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Otras ciudades de la Federación sufrieron también perturbaciones y violencias. Por fin se restableció el orden. Se reformaron las instituciones y hubo cambios radicales en las costumbres, pero el país no se rehizo nunca de la pérdida lamentable de su capital, ni volvió a ser próspero como antes. El comercio y la industria desaparecieron. La civilización abandonó aquellos lugares que durante mucho tiempo había preferido a todos los demás: ya eran estériles y malsanos. El territorio que dio vida y sostuvo a tantos millones de hombres, fue un desierto. Sobre la colina del castillo de San Miguel volvieron a pacer los caballos bravíos, los hemiones prehistóricos.
Se deslizaron los días como el agua de un manantial y transcurrieron siglos y siglos en un pasado incalculable. Los cazadores perseguían a los osos en las montañas que recubrían la ciudad olvidada, los pastores apacentaban sus ganados, los labradores acarreaban sus productos, los hortelanos cultivaban sus lechugas. Carecían de riquezas, de artes. Una parra o un rosal revestían los muros de sus cabañas, y una piel de oveja cubría sus miembros curtidos. Las mujeres hilaban. Los cabreros amasaban con arcilla toscas figuritas de hombres y de animales, o componían canciones referentes a la doncella que sigue a su amante hasta el bosque, o a las cabras que pastan, mientras los pinos gimen y el arroyo murmura. El hortelano se irritaba contra los pájaros que se le comían los higos, construía cepos y lazos para defender a sus gallinas acechadas por el zorro, y ofrecía el jugo de sus viñas a sus vecinos: