Read "La isla de los pingüinos" by Anatole France online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El matrimonio Cerés instalóse con decoro y modestia en un bonito piso de una casa nueva. Cerés adoraba a su esposa con llaneza y lealtad. Le ocupaba muchas horas la Comisión de Presupuestos y trabajaba más de tres noches por semana en su Informe acerca de la reforma telegráfica, decidido a que fuese un monumento. Evelina consideraba un poco tonta su manera de vivir, pero no le desagradaba. Lo peor era la escasez de dinero. Los servidores de la República no se enriquecen como se supone. Desde que no hay soberano que reparta favores, cada cual toma lo que puede, y sus malversaciones, limitadas por las malversaciones de todos, quedan reducidas a proporciones modestas; de ahí la austeridad de costumbres que se advierte en los jefes de la democracia. Sólo pueden enriquecerse en los períodos de grandes negocios, y son entonces objeto de la envidia de sus colegas menos favorecidos. Hipólito Cerés preveía, para un tiempo cercano, un período de grandes negocios; era de los que saben prepararlos, y, entretanto, soportaba dignamente una estrechez, compartida con bastante resignación por Evelina, que no dejaba de ver al padre DouiIlard, frecuentaba la capilla de Santa Orberosa y cultivaba relaciones con una sociedad seria y capaz de servirla, sabía escoger sus amistades, y sólo intimaba con aquellos que lo merecían. Había adquirido experiencia desde sus paseos en el automóvil del vizconde de Clena, y, sobre todo, no ignoraba lo que puede hacerse valer una mujer casada.
Al principio, el diputado se intranquilizó porque los periodiquillos demagogos satirizaban las costumbres piadosas de su mujer; pero luego le satisfizo advertir que todos los jefes de la democracia buscaban aproximaciones con los aristócratas y con la Iglesia.