Read "La isla de los pingüinos" by Anatole France online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Colombán soportaba, sorprendido y apacible, todo el peso de la reprobación general. Como no podía salir a la calle sin que le apedrearan, vivía encerrado en casa y escribía, con una obstinación maravillosa, muchos trabajos en favor del enjaulado inocente. Entre su escaso número de lectores, algunos, cosa de una docena, seducidos por sus razonamientos, empezaron a dudar de la culpabilidad de Pyrot y se propusieron convencer a sus amigos para que se propagase la claridad que nacía en sus inteligencias. Uno de ellos trataba íntimamente a Chorrodemiel, y al confiarle sus perplejidades aquel patriota le cerró la puerta de su casa. Otro pidió en una carta abierta explicaciones al ministro de la Guerra. Otro, llamado Kardinac y tenido por el más formidable polemista, publicó un terrible libelo. El público se quedó estupefacto. Se decía que los defensores del traidor estaban subvencionados por los judíos opulentos, se les zahirió con el nombre de «pyrotinos», y los patriotas juraron exterminarlos. En todo el territorio de la República sólo había mil o mil doscientos partidarios del enjaulado, pero la imaginación los adivinaba en todas partes, se temía tropezar con ellos en los paseos, en las asambleas, en las reuniones, en las fiestas mundanas, en las mesas familiares, en el lecho conyugal. Media población desconfiaba de la otra media. La discordia exaltaba los ánimos en Alca.
El padre Agaric, director de un colegio de nobles, seguía los acontecimientos con ansiosa atención. Las calamidades de la Iglesia pingüina no le habían abatido. Continuaba fiel al príncipe Crucho y conservaba la esperanza de restablecer sobre el trono de la Pingüinia al heredero de los Dracónidas. Le parecía que los sucesos desarrollados y los que se preparaban en el país, a la vez efecto y causa de la opinión enardecida, y las perturbaciones, su resultado inevitable, traídos y llevados con la prudencia profunda de un religioso podían quebrantar la República y predisponer la Pingüinia a la restauración del príncipe Crucho, cuya piedad prometía consuelo a los fieles. Se puso su ancho sombrero negro y se encaminó por el bosque de Conils hacia la fábrica donde su venerable amigo el padre Cornamuse destilaba el licor higiénico de Santa Orberosa. La industria del buen fraile, tan cruelmente maltratada en tiempo del almirante Chatillón, renacía de sus ruinas. Oíanse rodar a través del bosque los trenes de mercancías, y bajo los cobertizos algunos centenares de huérfanos con blusas azules empaquetaban botellas y llenaban cajas.