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El presidente del Consejo invitó durante las vacaciones al señor y a la señora de Cerés a pasar quince días en la montaña, en un castillo alquilado para el veraneo y donde vivía solo. La salud verdaderamente deplorable de la señora Visire no le permitió acompañar a su marido, y continuaba, como siempre, con sus padres, en el rincón de una provincia septentrional.
El castillo había pertenecido a la querida de uno de los últimos reyes de Alca. El salón conservaba sus muebles antiguos, y entre ellos, el diván de la favorita. El paisaje era encantador. Un hermoso río azul, el Aiselle, corría al pie de la colina donde se asentaba el castillo. Hipólito Cerés era un apasionado pescador de caña, en cuya monótona ocupación sorprendía sus mejores combinaciones parlamentarias y sus más felices rasgos oratorios. Como en el Aiselle abundan las truchas, las pescaba desde la mañana hasta la noche en una lancha que el presidente del Consejo puso desde el primer día a su disposición.