La isla de los pingüinos by Anatole France

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Cuando Evelina confesó a Pablo Visire que jamás había sentido nada semejante, él no la creyó. Acostumbrado a las femeniles astucias, sabía que las mujeres hablan así a los hombres para apasionarlos y su experiencia, como a veces ocurre, le indujo a desconocer la verdad. Incrédulo, pero lisonjero, sintió por ella mucho amor y algo más que amor: avivóse de pronto su inteligencia. Visire pronunció en la capital de su distrito un discurso rebosante de gracia, de brillantez, de acierto, que fue juzgado como su obra maestra.

Se reanudó serenamente la vida oficial; asomaron en la Cámara odios aislados. Algunas ambiciones tímidas aún levantaban la cabeza, y bastó una sonrisa del valeroso presidente para disipar las sombras. Ella y Él se veían dos veces al día, y además, se comunicaban por escrito diariamente. Práctico en este género de relaciones, él disimulaba, cauteloso; pero ella descubría una imprudencia loca: se presentaba con él en salones y teatros, en la Cámara y en las Embajadas, revelaba su amor en la alegría de su rostro, en todo su ser, en los fulgores húmedos de su mirada, en la sonrisa voluptuosa de sus labios, en las palpitaciones de su pecho, en el contoneo de sus caderas, en el encanto de su hermosura radiante, ansiosa, enloquecida. Pronto el país entero estuvo informado: las cortes extranjeras conocían el asunto. Solamente lo ignoraban aún el marido y el presidente de la República. El presidente lo averiguó en el campo, gracias a un informe de la Policía traspapelado, no se sabe cómo, en su maleta.

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