La isla de los pingüinos by Anatole France

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Acabó aquella legislatura en calma, sin descubrir el Ministerio en los bancos de la mayoría ninguna señal funesta. Pero se dedujo fácilmente de algunos artículos publicados en los periódicos moderados que las exigencias de los banqueros judíos y católicos aumentaban de día en día, que el patriotismo de los agiotistas pedía una expedición civilizadora a la Nigricia y que los fabricantes de acero, ansiosos de proteger las costas y defender las colonias, reclamaban con frenesí acorazados y más acorazados. Circulaban rumores de guerra, esos rumores que circulan periódicamente con la regularidad de los vientos alisios. Las personas serias no les prestaban atención y el Gobierno esperaba que se desvanecieran por sí solos, mientras no aumentasen hasta el punto de producir alarma… Los banqueros y los agiotistas deseaban la guerra colonial, y el pueblo no quería guerra de ninguna clase: complacíase con las arrogancias del Gobierno; pero a la menor sospecha de un conflicto europeo su violenta emoción hubiera invadido la Cámara. Pablo Visire no sentía ninguna inquietud: las relaciones internacionales eran, a su juicio, muy tranquilizadoras, y le preocupaba solamente el silencio maniático del ministro de Negocios Extranjeros. Aquel gnomo que se presentaba en los Consejos con una cartera de mayor tamaño que su persona y repleta de asuntos no decía nada, se negaba a responder a las preguntas aunque le fuesen dirigidas por el jefe superior del Estado, y rendido por sus tareas interminables, aprovechaba los momentos para dormir hundido en su poltrona sin dejar otro rastro de sí que su minúsculo mechón de cabellos negros sobre el filo del tapete verde.

Hipólito Cerés recobraba su aplomo y su frescura. En compañía de su colega Lapersonne se alegraba la vida con el trato de actrices veleidosas y alegres, y cada noche los veían llegar a los figones elegantes del brazo de mujeres encapuchadas, luciendo su robustez, su corpulencia y su sombrero resplandeciente. Y pronto fueron calificados entre las figuras más simpáticas del bulevar. Se divertían; pero un dolor oculto los embargaba. Fortunato Lapersonne tenía también una herida profunda bajo su coraza. Su esposa, ex modista y ex amante de un marqués, se había ido a vivir con un chofer. Como no dejó de quererla, se desesperaba al pensarlo, y algunas veces, encerrados los dos ministros en un gabinete particular, entre mozas que reían, mientras chupaban cangrejos, cruzaron una mirada encendida en su interno dolor, y humedecieron sus ojos con una lágrima.

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